La historia de la monarquía de Etiopía se entreteje entre la realidad y la leyenda, en una tradición que remonta sus orígenes a miles de años atrás.
Según relatos recogidos por cronistas etíopes y transmitidos durante siglos, todo comenzó hacia el 2500 a. C., con un antiguo reino cushítico gobernado por el rey Sebtah. Esta primera dinastía habría perdurado durante quinientos años, hasta ser invadida por un poderoso reino procedente de la India y liderado por Rama, figura venerada en el hinduismo. Aunque este episodio pertenece al mundo mítico, forma parte de la narrativa que los etíopes han conservado para explicar sus orígenes. En esa misma tradición, los supervivientes cushitas, unidos a pueblos sabaa-himyaritas que habían huido de Mesopotamia, eligieron como líder a Akehunas o Saba II, quien derrotó a Rama, liberó las tierras y dio origen a los llamados Agazianos, “libertadores” en lengua ge’ez, nombre que también designó su idioma.
Las leyendas afirman que los agazianos gobernaron Etiopía durante un milenio, hasta la época de la reina Makeda, más conocida como la reina de Saba. Fascinada por la fama del rey Salomón de Israel, viajó hasta Jerusalén para conocerlo, y de esa unión nació un hijo, Bayna Lehkem, quien sería recordado como Menelik I. El Kebra Nagast, texto etíope del siglo XIV que compila estas tradiciones, cuenta que Menelik, ya adulto, visitó a su padre y regresó a Etiopía llevando consigo el Arca de la Alianza y un grupo de israelitas, fundando así la dinastía salomónica. Aunque la historia de Makeda, Menelik y el Arca carece de pruebas arqueológicas y es considerada por los historiadores modernos como un mito político destinado a legitimar el poder real, ha ejercido una influencia decisiva en la identidad etíope.
A partir de este punto, la tradición enlaza con episodios históricamente comprobables. El Imperio Axumita, que floreció desde el siglo I d. C., se convirtió en una de las grandes potencias del mundo antiguo. Fue uno de los primeros estados en adoptar oficialmente el cristianismo, hacia el año 330, bajo el reinado del rey Ezana. Axum controló extensos territorios en el Cuerno de África y el sur de Arabia, y mantuvo una intensa actividad comercial a través del mar Rojo. Sin embargo, hacia finales del siglo VI, su poder decayó bruscamente tras la muerte del rey Abraha y la invasión de fuerzas persas en Yemen, lo que debilitó su economía y su control marítimo.
En torno al siglo X, según las crónicas, el reino sufrió una de sus mayores crisis con la irrupción de la reina Gudit —o Yodit—, cuya figura se sitúa entre la historia y la leyenda. Identificada a veces como pagana y otras como judía, lideró una campaña devastadora contra Axum: incendió la ciudad, ejecutó a los príncipes de la casa real salvo a dos supervivientes, prohibió el cristianismo y obligó a los salomónicos a huir hacia Shewa. Este episodio, aunque envuelto en relatos orales, es considerado por los especialistas como un hecho plausible que marcó el final definitivo del esplendor axumita.
Tras este periodo de inestabilidad surgió la dinastía Zagüe, de raíces agau, que gobernó aproximadamente entre los siglos X y XIII. Sus monarcas abrazaron el cristianismo y dejaron un legado arquitectónico único, como las iglesias monolíticas de Lalibela, excavadas en roca. La capital de este reino se estableció en Roha, y durante más de tres siglos los Zagüe mantuvieron el poder en medio de tensiones con reinos vecinos no cristianos.
En 1270, la historia documentada registra un cambio decisivo: Yekuno Amlak, príncipe de Beth Amhara y descendiente —según su propia afirmación— de la línea salomónica exiliada, derrocó al último rey Zagüe con el apoyo del influyente santo Abuna Tekle Haymanot. La Corona pasó a su familia bajo un acuerdo que dejaba a los herederos Zagüe el gobierno de la provincia de Wag y la exención de impuestos. Yekuno Amlak estableció el amhárico como lengua oficial de la corte y reorganizó el Estado siguiendo modelos administrativos y militares que evocaban los tiempos de Axum.
Con él comenzó una etapa conocida como la “edad dorada” de la monarquía etíope, que se prolongó hasta el siglo XVI. En este periodo, los descendientes de Yekuno Amlak unificaron a las diversas tribus bajo un poder central, ampliaron los territorios y consolidaron un imperio multiétnico que combinaba la herencia cultural cristiana con una notable diversidad interna. Si bien gran parte de su legitimidad se sostuvo en mitos fundacionales, la realidad histórica de este renacimiento político y cultural quedó plasmada en la solidez de su administración y en la proyección de Etiopía como uno de los reinos más perdurables del mundo.
Tras la llamada “edad dorada”, Etiopía entró en un largo periodo de inestabilidad política y militar. Desde el siglo XVI, las incursiones del sultanato de Adal, dirigidas por Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi, y la introducción de armas de fuego por los otomanos cambiaron el equilibrio militar en la región. Aunque los etíopes recibieron ayuda de los portugueses, el conflicto dejó al reino debilitado y con vastas zonas despobladas. A esto se sumaron las presiones de pueblos oromo que, a lo largo de los siglos XVI y XVII, se desplazaron hacia el norte y alteraron la composición política y étnica del imperio.
Durante los siglos XVII y XVIII, la autoridad central de los emperadores se erosionó. Surgió un periodo conocido como la Zemene Mesafint o “Era de los Príncipes” (c. 1769-1855), en el que el poder real quedó reducido a un papel simbólico mientras señores regionales y caudillos militares controlaban el país. La reunificación llegó con el emperador Tewodros II, quien inició reformas militares y administrativas, aunque su reinado terminó de manera violenta. Le siguieron Yohannes IV y Menelik II, este último célebre por su victoria sobre Italia en la batalla de Adwa en 1896, que aseguró la independencia etíope y convirtió al país en símbolo del anticolonialismo africano.
Menelik II amplió considerablemente el territorio del imperio y trasladó la capital a Addis Abeba. Tras su muerte y un periodo de regencias, Ras Tafari Makonnen fue coronado en 1930 como Haile Selassie I. Su reinado buscó modernizar Etiopía con nuevas instituciones, educación occidental y participación en organismos internacionales. Sin embargo, en 1935, Italia invadió el país y ocupó Addis Abeba en 1936, obligando al emperador a exiliarse en Londres.
En 1941, con apoyo británico y de fuerzas patriotas etíopes, Haile Selassie regresó al trono. Su imagen trascendió las fronteras africanas, convirtiéndose en figura central del movimiento rastafari y en símbolo de resistencia contra la opresión. Aunque su gobierno introdujo reformas, también enfrentó críticas por la lentitud del cambio social. Fue depuesto en 1974 por una junta militar conocida como el Derg, que puso fin a casi tres milenios de monarquía, cerrando así una de las historias dinásticas más largas del mundo.
La monarquía etíope, con sus casi tres milenios de historia, fue un símbolo de continuidad, identidad cultural y resistencia frente a la colonización, algo único en el continente africano. Bajo ciertos soberanos, especialmente Menelik II y Haile Selassie I, se impulsaron reformas modernizadoras, la centralización del poder y la proyección internacional de Etiopía como nación independiente. En el imaginario popular, esta larga dinastía encarnó el vínculo con un pasado legendario que hundía sus raíces en la tradición judeocristiana y la herencia africana.
Sin embargo, su permanencia también estuvo marcada por desigualdades sociales, concentración del poder y una lenta adaptación a los cambios políticos del siglo XX. Las tensiones entre tradición y modernidad, así como el peso de estructuras feudales, impidieron que las reformas alcanzaran a toda la población. La caída de Haile Selassie en 1974, aunque puso fin a una institución venerada, reflejó las demandas de un país que buscaba un modelo más inclusivo. Así, la historia de la monarquía etíope es a la vez un testimonio de grandeza y de las limitaciones que enfrenta cualquier sistema cuando no logra responder plenamente a las necesidades de su pueblo.