26 junio 2021

Stranger Cole: El forastero de la música jamaicana


En la historia de la música jamaicana, hay nombres que resuenan con fuerza por su carisma o por la fama de sus hits. Otros, en cambio, han sido los pilares silenciosos que sostuvieron la evolución sonora de toda una isla. Uno de esos nombres es Wilburn Theodore Cole, mejor conocido como Stranger Cole. Nacido un 26 de junio —en un año que fluctúa entre 1942 y 1945 según distintas fuentes— en Kingston, Jamaica, Stranger es uno de los artistas cuya trayectoria cubre el desarrollo completo del ska, el rocksteady y el reggae. Su historia es también la historia de la transformación musical de Jamaica, contada a través de la humildad, la constancia y el talento colaborativo.

El apodo “Stranger” le fue dado desde muy joven. Sus propios familiares decían que no se parecía a nadie en la familia, ni en rostro ni en personalidad. Aquel “forastero” pronto se integraría en el paisaje musical de Kingston, primero como compositor y luego como intérprete, marcando época con sus canciones suaves, sinceras y cargadas de ritmo.

En sus inicios, Stranger no destacaba por una ambición desbordante ni por un deseo de fama. En realidad, su entrada al mundo del ska fue casi tímida. Su primer paso fue escribir canciones que otros cantaban. Uno de sus primeros logros llegó cuando Monty Morris grabó “In and Out the Window”, tema compuesto por el propio Stranger, lo que le valió reconocimiento como compositor en el entorno del productor Duke Reid. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que él mismo empezara a cantar sus propias composiciones. Fue precisamente bajo el sello Treasure Isle de Reid que grabó su primer gran éxito, “Rough and Tough”, en 1962, año de la independencia de Jamaica y del nacimiento oficial del ska como música identitaria de la isla.

La década de 1960 fue un hervidero creativo para Stranger Cole. Su voz cálida, su dicción clara y su cadencia tranquila se convirtieron en el complemento perfecto para duetos entrañables, especialmente con figuras como Patsy Todd, con quien formó una de las parejas vocales más queridas del ska y el rocksteady. Canciones como “When You Call My Name”, “Down the Train Line” o “Love Divine” reflejan la ternura, la sencillez emocional y la solidez armónica de estos dúos. Más adelante, compartiría también micrófono con Ken Boothe, Gladstone Anderson y Hortense Ellis, hermana de Alton Ellis.

Este gusto por cantar acompañado no era una estrategia de marketing ni una fórmula comercial, sino una expresión sincera de su personalidad: Stranger Cole era un artista introspectivo, más cómodo compartiendo el escenario que acaparando el centro de atención. Lejos de limitarlo, esta característica alimentó su legado como un artista profundamente colaborativo, algo que es constante en toda su discografía.

Uno de los puntos más relevantes —y también más debatidos— de su carrera es su participación en la transición del rocksteady al reggae. En 1968, Stranger grabó junto al saxofonista Lester Sterling un tema titulado “Bangarang”, que se alejaba rítmicamente del rocksteady y establecía una base rítmica sincopada más acentuada, más lenta y con el característico “one drop” del reggae. En entrevistas posteriores, Cole ha afirmado categóricamente que “Bangarang” fue la primera canción verdaderamente reggae jamás grabada. Aunque muchos estudiosos suelen dar ese título a canciones como “Nanny Goat” de Larry Marshall o “Do the Reggay” de Toots & The Maytals —la primera en nombrar al género—, Stranger sostiene que fue Bangarang la que introdujo el nuevo ritmo. Para él, no era tanto la palabra lo que importaba, sino el patrón musical.

Esta afirmación, que ha sido tema de debate, pone en relieve algo crucial: Stranger no sólo fue testigo del surgimiento del reggae, sino que participó activamente en su construcción. A pesar de no haber recibido el mismo reconocimiento que otros íconos del género, su contribución al surgimiento del nuevo ritmo fue decisiva.

En los años 70, como muchos músicos de su generación, Stranger dejó Jamaica. Primero vivió un tiempo en Inglaterra, donde se presentó en festivales y clubes del circuito caribeño. Luego se trasladó a Toronto, Canadá, donde vivió durante décadas. Allí trabajó en una fábrica de juguetes de la marca Tonka y fundó la primera tienda de discos caribeños del Kensington Market, una zona multicultural por excelencia. Aunque alejado del centro de la industria musical, Stranger nunca dejó de grabar ni de actuar esporádicamente. Más aún, desde Toronto siguió promoviendo la cultura jamaicana con discreción, integridad y compromiso.

Durante los años 70 y 80, publicó varios discos, entre ellos Forward in the Land of Sunshine (1976), The First Ten Years of Stranger Cole (1978), y Capture Land (1980). En muchos de ellos no solo fue intérprete, sino también productor, usando su propio sello para preservar su visión musical sin interferencias externas. Ya entrado el siglo XXI, Stranger se mantuvo activo: en 2006 colaboró con Jah Shaka en el álbum Morning Train, y en 2009 fue uno de los protagonistas del documental Rocksteady: The Roots of Reggae, que reunió a figuras emblemáticas de la época dorada del género.

En el año 2018, fue homenajeado en el Independence Grand Gala en Kingston, junto a artistas como Richie Stephens y Damian “Jr. Gong” Marley. El gobierno de Jamaica reconocía así a un artista cuya carrera había sido larga, constante, pero también subestimada por muchos. El reconocimiento oficial fue, para Stranger, un gesto de gratitud por una vida entera dedicada a la música de su pueblo.

Stranger Cole es también un patriarca musical: su hijo “Squiddly” Cole ha sido baterista de figuras como Ziggy Marley, y otro de sus hijos, Marcus Cole (KxritoXisen), ha producido algunos de sus discos recientes, mostrando así cómo el legado de Stranger se extiende a nuevas generaciones.

Hablar de Stranger Cole es hablar de un artista que nunca buscó el estrellato pero cuya huella es profunda y duradera. Fue parte del sonido que marcó el nacimiento de una nación, y de la evolución de un género que transformaría la música mundial. A veces opacado por nombres más visibles, su presencia ha sido constante, honesta y esencial.

En una industria que muchas veces premia el espectáculo sobre la sustancia, Stranger Cole nos recuerda el valor de la consistencia, de la colaboración y de la sencillez. Su voz no ha sido la más ruidosa, pero ha sido una de las más firmes. Y su música sigue allí: vibrando entre los surcos de un vinilo viejo, sonando en los sound systems, o acompañando con dulzura una tarde soleada. Porque Stranger Cole, el forastero, se volvió parte de todos.


03 junio 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 6


Reggae: Raíz, mensaje y expansión


A finales de la década de 1960, cuando el rocksteady comenzaba a decaer, emergió un nuevo ritmo que conservaría la esencia de sus predecesores pero ganaría en profundidad, madurez y alcance: el reggae. Este nuevo sonido, nacido en las calles y estudios de Kingston, no solo marcaría una nueva etapa musical para la isla, sino que pronto se convertiría en su lenguaje más potente, capaz de articular angustias colectivas, aspiraciones espirituales y discursos de resistencia que resonarían en todo el mundo. El reggae no fue simplemente un giro estilístico; fue un salto en densidad expresiva y una plataforma desde la cual el pueblo jamaiquino habló al mundo.

A nivel sonoro, el reggae heredó del rocksteady la ralentización del tempo y la claridad del groove, pero introdujo una reorganización rítmica aún más marcada. El acento en el segundo y cuarto tiempo del compás —el famoso “one drop”— se volvió su sello distintivo, acompañado por líneas de bajo envolventes y repetitivas, guitarras sincopadas y percusión mínima pero intencionada. La batería se volvió más reflexiva que explosiva, y el espacio sonoro ganó en profundidad. Este cambio no fue fortuito: el reggae nació en un contexto de creciente introspección social, y su estructura reflejaba esa nueva necesidad de contención, reflexión y mensaje.

Históricamente, el reggae emergió en un período de agitación. Jamaica, apenas una década después de su independencia, enfrentaba crecientes tensiones políticas, desigualdad social y desilusión popular. El sueño de soberanía plena comenzaba a chocar con la realidad del neocolonialismo económico, la corrupción gubernamental y la violencia urbana. En este clima, la música popular dejó de cantar solo al amor juvenil o al baile; el reggae introdujo una nueva narrativa de denuncia, búsqueda espiritual y cuestionamiento profundo del orden establecido. Fue la voz del ghetto, pero también la del alma de una nación en busca de sentido.

La música jamaiquina había sido siempre una expresión del pueblo, en el sentido más auténtico. Pero como bien advierte cierta crítica, a menudo se cuenta su historia sin contar la historia del pueblo mismo. Se celebra el ritmo, pero se omite el contexto; se aplaude al artista, pero se invisibiliza la comunidad que lo formó. El reggae trastoca esa lógica. No se puede hablar del reggae sin hablar de las realidades sociales que lo nutrieron: la pobreza estructural, la migración interna, la represión política o el auge del rastafarismo. Cada verso que cantaba a Jah o denunciaba “Babylon” era también un acto de memoria, una crónica del presente.

En el plano cultural, el reggae implicó una reafirmación identitaria profunda. A diferencia del ska, que aún coqueteaba con la estética anglófila, o del rocksteady, que era más introspectivo y emocional, el reggae articuló una estética afrocaribeña explícita, ligada al panafricanismo, al orgullo negro y a la espiritualidad rastafari. El uso de la lengua patois como vehículo poético se intensificó, convirtiéndose en un acto de resistencia lingüística frente al inglés colonial. El reggae no solo hablaba distinto: pensaba distinto, veía distinto, soñaba distinto.

Bob Marley es, sin duda, el nombre más emblemático del reggae, pero reducir todo el movimiento a su figura es tan injusto como contraproducente. Junto a él —y a menudo desde márgenes menos visibles— estuvieron figuras como Peter Tosh, Burning Spear, The Abyssinians, Culture, Big Youth, Max Romeo, y muchos otros, que ampliaron el abanico temático del género: de la espiritualidad a la revolución, del exilio al regreso, del amor universal al odio al sistema. El reggae fue coral, diverso, polifónico. Y aunque Marley se convirtió en el rostro planetario del género, su mensaje no se desvió nunca del ethos colectivo que lo originó.

Desde sus inicios, el reggae fue también un fenómeno tecnológico. La consolidación de los estudios de grabación en Kingston —como Studio One, Channel One o Black Ark— permitió una expansión técnica sin precedentes. Productores como Lee "Scratch" Perry o King Tubby no solo experimentaron con nuevas formas de grabar y mezclar, sino que dieron paso a un nuevo paradigma sonoro: el dub, una forma de remix experimental que abriría camino a muchas músicas electrónicas contemporáneas. En ese sentido, el reggae no solo fue una escuela lírica o espiritual: también fue una vanguardia sonora.

El reggae fue, y sigue siendo, un medio de comunicación alternativa. En una isla donde los medios oficiales rara vez reflejaban las preocupaciones del pueblo llano, la música se volvió canal de información, de formación y de organización. Las letras abordaban desde el alza de precios hasta los tiroteos entre bandas, desde el acoso policial hasta la necesidad de retorno a África. Y más allá de Jamaica, comunidades diaspóricas en Londres, Toronto o Nueva York encontraron en el reggae un puente emocional con su tierra, una forma de nombrar lo que vivían en contextos hostiles.

Su influencia internacional ha sido vasta. El reggae no solo se diseminó por el Caribe y África, sino que influenció géneros como el punk británico, el hip hop neoyorquino o la música electrónica europea. La práctica del toasting, nacida en los sound systems jamaiquinos, fue llevada por migrantes a los barrios del Bronx, donde terminaría incubando las bases del rap. Del mismo modo, estilos como el lovers rock, el jungle o el reggaetón beben, en mayor o menor medida, del río musical abierto por el reggae. No es exagerado decir que sin reggae, el mapa de la música popular global sería otro.

Pero más allá de los ecos que provocó, lo esencial del reggae sigue estando en su raíz: su capacidad para decir, para denunciar, para consolar, para sanar. Por eso ha perdurado. Porque no solo acompañó procesos históricos, sino que se convirtió en ellos. En las marchas, en los guetos, en los rituales, en los corazones, el reggae sigue siendo lenguaje y refugio. Su longevidad no es casual: es consecuencia de una potencia simbólica que va mucho más allá de la industria musical.

Y es que el reggae logró lo que muy pocas músicas han conseguido: crear una cosmovisión. No solo es un estilo musical, es una forma de mirar el mundo. Escuchar reggae es, en cierto modo, asumir una ética: la del respeto, la lucha, la conexión espiritual, la memoria. En ese sentido, su vigencia está asegurada. Porque mientras haya opresión, el reggae tendrá algo que decir. Y mientras haya quien escuche, tendrá a quién sanar.

Así, cuando hablamos de reggae, no hablamos solo de una categoría estética o una marca cultural. Hablamos de una experiencia histórica en curso. Una que empezó en los estudios de Trenchtown, pero que ya forma parte de la conciencia sonora del mundo. El reggae es, y seguirá siendo, el eco rítmico de una isla que supo transformar sus heridas en himnos, su dolor en belleza, y su resistencia en legado.