03 junio 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 6


Reggae: Raíz, mensaje y expansión


A finales de la década de 1960, cuando el rocksteady comenzaba a decaer, emergió un nuevo ritmo que conservaría la esencia de sus predecesores pero ganaría en profundidad, madurez y alcance: el reggae. Este nuevo sonido, nacido en las calles y estudios de Kingston, no solo marcaría una nueva etapa musical para la isla, sino que pronto se convertiría en su lenguaje más potente, capaz de articular angustias colectivas, aspiraciones espirituales y discursos de resistencia que resonarían en todo el mundo. El reggae no fue simplemente un giro estilístico; fue un salto en densidad expresiva y una plataforma desde la cual el pueblo jamaiquino habló al mundo.

A nivel sonoro, el reggae heredó del rocksteady la ralentización del tempo y la claridad del groove, pero introdujo una reorganización rítmica aún más marcada. El acento en el segundo y cuarto tiempo del compás —el famoso “one drop”— se volvió su sello distintivo, acompañado por líneas de bajo envolventes y repetitivas, guitarras sincopadas y percusión mínima pero intencionada. La batería se volvió más reflexiva que explosiva, y el espacio sonoro ganó en profundidad. Este cambio no fue fortuito: el reggae nació en un contexto de creciente introspección social, y su estructura reflejaba esa nueva necesidad de contención, reflexión y mensaje.

Históricamente, el reggae emergió en un período de agitación. Jamaica, apenas una década después de su independencia, enfrentaba crecientes tensiones políticas, desigualdad social y desilusión popular. El sueño de soberanía plena comenzaba a chocar con la realidad del neocolonialismo económico, la corrupción gubernamental y la violencia urbana. En este clima, la música popular dejó de cantar solo al amor juvenil o al baile; el reggae introdujo una nueva narrativa de denuncia, búsqueda espiritual y cuestionamiento profundo del orden establecido. Fue la voz del ghetto, pero también la del alma de una nación en busca de sentido.

La música jamaiquina había sido siempre una expresión del pueblo, en el sentido más auténtico. Pero como bien advierte cierta crítica, a menudo se cuenta su historia sin contar la historia del pueblo mismo. Se celebra el ritmo, pero se omite el contexto; se aplaude al artista, pero se invisibiliza la comunidad que lo formó. El reggae trastoca esa lógica. No se puede hablar del reggae sin hablar de las realidades sociales que lo nutrieron: la pobreza estructural, la migración interna, la represión política o el auge del rastafarismo. Cada verso que cantaba a Jah o denunciaba “Babylon” era también un acto de memoria, una crónica del presente.

En el plano cultural, el reggae implicó una reafirmación identitaria profunda. A diferencia del ska, que aún coqueteaba con la estética anglófila, o del rocksteady, que era más introspectivo y emocional, el reggae articuló una estética afrocaribeña explícita, ligada al panafricanismo, al orgullo negro y a la espiritualidad rastafari. El uso de la lengua patois como vehículo poético se intensificó, convirtiéndose en un acto de resistencia lingüística frente al inglés colonial. El reggae no solo hablaba distinto: pensaba distinto, veía distinto, soñaba distinto.

Bob Marley es, sin duda, el nombre más emblemático del reggae, pero reducir todo el movimiento a su figura es tan injusto como contraproducente. Junto a él —y a menudo desde márgenes menos visibles— estuvieron figuras como Peter Tosh, Burning Spear, The Abyssinians, Culture, Big Youth, Max Romeo, y muchos otros, que ampliaron el abanico temático del género: de la espiritualidad a la revolución, del exilio al regreso, del amor universal al odio al sistema. El reggae fue coral, diverso, polifónico. Y aunque Marley se convirtió en el rostro planetario del género, su mensaje no se desvió nunca del ethos colectivo que lo originó.

Desde sus inicios, el reggae fue también un fenómeno tecnológico. La consolidación de los estudios de grabación en Kingston —como Studio One, Channel One o Black Ark— permitió una expansión técnica sin precedentes. Productores como Lee "Scratch" Perry o King Tubby no solo experimentaron con nuevas formas de grabar y mezclar, sino que dieron paso a un nuevo paradigma sonoro: el dub, una forma de remix experimental que abriría camino a muchas músicas electrónicas contemporáneas. En ese sentido, el reggae no solo fue una escuela lírica o espiritual: también fue una vanguardia sonora.

El reggae fue, y sigue siendo, un medio de comunicación alternativa. En una isla donde los medios oficiales rara vez reflejaban las preocupaciones del pueblo llano, la música se volvió canal de información, de formación y de organización. Las letras abordaban desde el alza de precios hasta los tiroteos entre bandas, desde el acoso policial hasta la necesidad de retorno a África. Y más allá de Jamaica, comunidades diaspóricas en Londres, Toronto o Nueva York encontraron en el reggae un puente emocional con su tierra, una forma de nombrar lo que vivían en contextos hostiles.

Su influencia internacional ha sido vasta. El reggae no solo se diseminó por el Caribe y África, sino que influenció géneros como el punk británico, el hip hop neoyorquino o la música electrónica europea. La práctica del toasting, nacida en los sound systems jamaiquinos, fue llevada por migrantes a los barrios del Bronx, donde terminaría incubando las bases del rap. Del mismo modo, estilos como el lovers rock, el jungle o el reggaetón beben, en mayor o menor medida, del río musical abierto por el reggae. No es exagerado decir que sin reggae, el mapa de la música popular global sería otro.

Pero más allá de los ecos que provocó, lo esencial del reggae sigue estando en su raíz: su capacidad para decir, para denunciar, para consolar, para sanar. Por eso ha perdurado. Porque no solo acompañó procesos históricos, sino que se convirtió en ellos. En las marchas, en los guetos, en los rituales, en los corazones, el reggae sigue siendo lenguaje y refugio. Su longevidad no es casual: es consecuencia de una potencia simbólica que va mucho más allá de la industria musical.

Y es que el reggae logró lo que muy pocas músicas han conseguido: crear una cosmovisión. No solo es un estilo musical, es una forma de mirar el mundo. Escuchar reggae es, en cierto modo, asumir una ética: la del respeto, la lucha, la conexión espiritual, la memoria. En ese sentido, su vigencia está asegurada. Porque mientras haya opresión, el reggae tendrá algo que decir. Y mientras haya quien escuche, tendrá a quién sanar.

Así, cuando hablamos de reggae, no hablamos solo de una categoría estética o una marca cultural. Hablamos de una experiencia histórica en curso. Una que empezó en los estudios de Trenchtown, pero que ya forma parte de la conciencia sonora del mundo. El reggae es, y seguirá siendo, el eco rítmico de una isla que supo transformar sus heridas en himnos, su dolor en belleza, y su resistencia en legado.

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