Rocksteady: el ritmo lento del desencanto y la introspección
El rocksteady no irrumpió con estridencia en el panorama sonoro jamaicano; más bien, descendió con la calma grave de quien ha dejado de correr para observar lo que queda. A mediados de los años 60, apenas unos años después del entusiasmo que rodeó la independencia, Jamaica atravesaba una nueva etapa: el sueño emancipador comenzaba a mostrar sus grietas. Las promesas de justicia social, desarrollo económico y unidad nacional que acompañaron la descolonización se veían erosionadas por el aumento del desempleo urbano, la migración rural desordenada, el auge de los tugurios y la consolidación de las élites tradicionales en el nuevo poder. En ese contexto, la música también cambió de velocidad, de tono y de espíritu.
El ska, con su aceleración optimista y su impulso de fiesta popular, dejó paso a un nuevo ritmo más lento, introspectivo, melódico. El rocksteady, que dominó brevemente la escena entre 1966 y 1968, fue la transición entre el entusiasmo juvenil del ska y la madurez crítica del reggae. Su base instrumental conservaba elementos del ska —particularmente el acento en el offbeat—, pero la batería se hizo más pausada, el bajo adquirió un papel más protagonista y serpenteante, y la estructura armónica permitió un mayor protagonismo a las voces, muchas veces con un carácter coral o dialogado.
La ralentización del tempo no fue solo una decisión estética: fue también una forma de expresar el ánimo social del momento. En los barrios populares de Kingston, donde la juventud crecía sin acceso real a oportunidades laborales, educativas ni culturales, el rocksteady ofrecía un espacio de refugio emocional y expresión identitaria. Su lírica giró en torno a temas como el amor, la traición, la desilusión, la soledad, pero también la esperanza, el deseo de pertenencia y la afirmación del yo. A través de canciones como “Take It Easy” de Hopeton Lewis, “On the Beach” de The Paragons, o “Rocksteady” de Alton Ellis, se desplegó un lenguaje emocional que conectaba profundamente con los afectos y tensiones de una generación atrapada entre dos épocas.
El aspecto vocal fue central en el rocksteady. Si bien el ska había privilegiado los coros energéticos y los solos instrumentales, el rocksteady colocó la voz en primer plano, exigiendo interpretaciones más sutiles, sentidas y melódicas. Esto propició el auge de los grupos vocales como The Techniques, The Heptones, The Melodians o The Gaylads, cuyas armonías influenciadas por el soul norteamericano aportaron una estética refinada, casi espiritual. En muchas de estas canciones puede percibirse la herencia de Sam Cooke, Curtis Mayfield o The Impressions, fusionada con el sentimiento popular de las calles jamaiquinas.
En paralelo, el rocksteady permitió una sofisticación instrumental sin perder su raíz popular. El bajista Jackie Jackson, el tecladista Gladstone Anderson o el guitarrista Lynn Taitt contribuyeron a definir un estilo que, si bien duró apenas dos años como ritmo dominante, dejó una huella indeleble. Fue precisamente Lynn Taitt, guitarrista trinitense radicado en Jamaica, quien se considera uno de los grandes arquitectos del sonido rocksteady, con su estilo cortante, minimalista y preciso que ayudó a consolidar la estética del género.
Culturalmente, el rocksteady marcó un punto de inflexión. Fue el momento en que la música popular jamaiquina dejó de mirar hacia afuera para comenzar a narrarse a sí misma con una nueva profundidad. Aunque el ska ya había hablado del orgullo nacional y la modernidad, el rocksteady se sumergió en los sentimientos contradictorios de la juventud negra urbana: amor romántico, sí, pero también frustración, deseo de movilidad social, reflexión sobre el entorno inmediato. Esta densidad emocional fue preparando el terreno para el reggae, donde el comentario social se tornaría aún más explícito y estructurado.
El rocksteady también coincide con la consolidación del “ghetto” como realidad urbana y categoría cultural. Lugares como Trench Town, Jonestown o Denham Town no eran ya simples barrios; se convertían en territorios simbólicos desde los cuales se emitía un discurso musical con identidad propia. La experiencia de vivir en la pobreza urbana comenzaba a ser enunciada por sus propios protagonistas, no solo desde la denuncia directa, sino desde la sensibilidad artística. El amor y el dolor, la celebración y el abandono, el consuelo y la rabia empezaban a tomar forma musical como síntomas de una juventud que sabía que el tiempo de las ilusiones había terminado, pero que aún quería creer en algo.
En términos sociales, el rocksteady también reflejó cambios en la estética corporal, en la moda, en las formas de socialización. Los bailes se hicieron más íntimos, los movimientos más sensuales, y el atuendo pasó del desenfado del rude boy al estilo más contenido y elegante del “soul rebel”. Esa transformación estética acompañaba una transformación emocional: la música, ahora más lenta, invitaba a escuchar, a interpretar, a sentir de otro modo.
Aunque breve en su reinado, el rocksteady fue semilla y bisagra. Fue el espacio de condensación donde las tensiones de la Jamaica posindependiente encontraron su primer lenguaje maduro, introspectivo y artístico. Su valor no radica solo en lo que anticipó —el advenimiento del reggae—, sino en lo que supo capturar: una generación enfrentada a su tiempo, que eligió la lentitud como forma de pensamiento, y la melodía como forma de resistencia emocional.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario