27 junio 2024

The Skatalites - 27 de junio de 1964: el debut que marcó la historia del ska


El 27 de junio de 1964, The Skatalites ofrecieron su primer concierto oficial en el Club Hi-Hat, un reconocido espacio musical ubicado en Water Lane, en el tradicional barrio costero de Rae Town, en Kingston. La agrupación, formada apenas semanas antes por algunos de los músicos más solicitados en las grabaciones de Studio One, se presentó ante un público local que desconocía que estaba presenciando el nacimiento de una de las bandas más influyentes en la historia musical de Jamaica.

El siguiente relato es una recreación narrativa construida a partir de datos históricos, contexto cultural y el imaginario colectivo en torno a aquella noche. No pretende ser una transcripción literal de los hechos, sino una aproximación plausible a la atmósfera, el ambiente y la emoción que pudieron vivirse en el debut de The Skatalites. A 60 años de este momento histórico para la banda y para la música jamaicana en general, celebremos el legado de estos grandes músicos.





Rae Town, Kingston. 27 de junio de 1964. La noche había caído sobre la costa este de la ciudad y el aire cargado de salitre se mezclaba con el murmullo de un barrio que vivía entre el trabajo duro y la música. Jamaica apenas cumplía dos años como nación independiente, y el ska, con su ritmo acelerado y su inconfundible acento caribeño, se había convertido en la banda sonora de un país que buscaba su identidad. Esa noche, el modesto pero célebre Hi-Hat Club, en Water Lane, abría sus puertas para un debut que nadie sabía aún que sería histórico: el de una agrupación formada por los músicos más solicitados de la isla, reunidos bajo un solo nombre —The Skatalites.

El Hi-Hat era un club de techo bajo, paredes gastadas y un escenario pequeño, pero su reputación lo convertía en parada obligada para quien quisiera escuchar música en vivo de primer nivel. Situado a pocos pasos del puerto, su cercanía a la calle principal de Rae Town lo hacía accesible tanto para marineros de paso como para los vecinos que, tras una semana de trabajo, buscaban un lugar donde bailar. Esa noche, la fila se extendía por la acera, hombres vestidos con trajes ligeros y sombreros pork pie, mujeres con vestidos estampados que parecían mecerse al ritmo de una música aún no tocada.

Dentro, la atmósfera era espesa de humo de cigarro y olor a ron blanco. Las conversaciones se entrelazaban en patois y en inglés, subiendo de tono a medida que se acercaba la hora. Un joven acomodaba cables y micrófonos, mientras al fondo se oía el repicar de un hi-hat de batería como prueba de sonido. Los músicos, algunos ya veteranos de incontables grabaciones en Studio One, afinaban sus instrumentos sin prisa, intercambiando bromas. No era la primera vez que tocaban juntos, pero sí la primera que lo harían como una banda con nombre propio.

A las nueve en punto, una voz presentó a la agrupación. El público se acercó al escenario, y las primeras notas de Freedom Sound abrieron la noche con un brío contagioso. El ritmo sincopado de Lloyd Knibb en la batería y las líneas del contrabajo de Lloyd Brevett marcaban la base sobre la que se desplegaban los metales: Tommy McCook, Lester Sterling y Roland Alphonso al frente, con Don Drummond dejando que su trombón llenara cada rincón del club y la trompeta de Dizzy Moore sonando a todo volumen; Jackie Mittoo deslumbraba en el piano, mientras el rasgueo de Jah Jerry Haynes encendía el ritmo sincopado de la guitarra. La pista de baile, hasta entonces expectante, se convirtió en un hervidero de cuerpos moviéndose con precisión, euforia y alegría.

Siguieron con Eastern Standard Time, donde Alphonso tomó un solo que arrancó silbidos y aplausos. El sonido era limpio pero crudo, como si la energía del ska estuviera contenida y a punto de desbordarse. Confucious levantó las palmas de los presentes, mientras que You Are So Delightful puso el ritmo suave en el lugar. Entre tema y tema, apenas mediaban palabras; la comunicación entre banda y público estaba en el pulso rítmico y en las miradas cómplices. Los bailarines más experimentados marcaban pasos complicados, mientras otros simplemente dejaban que la música los guiara.

En medio del set, Don Drummond tomó el centro con Man in the Street. Su trombón sonaba melancólico y elegante, y aunque la pista seguía vibrando, había un silencio especial en las miradas: el público entendía que estaba presenciando algo más que música para bailar. Los Skatalites no solo eran virtuosos, sino que tenían la capacidad de transformar un club modesto en un escenario de talla internacional. El recital siguió con mucha intensidad: Christine Keiler, Hot Cargo, Ska-Ra-Van, Exodus, Four Corners y Lee Harvey Oswald resonaron en el recinto con una atmósfera casi espiritual y religiosa.

Cuando tocaron Guns of Navarone, el calor dentro del Hi-Hat se volvió casi insoportable. El público saltaba, coreaba y marcaba las palmas, empujando a la banda a tocar más fuerte y más rápido. El sudor corría por las sienes de los músicos, pero ninguno parecía querer detenerse. En las mesas del fondo, algunos observaban con una mezcla de admiración y asombro; se respiraba la certeza de que algo estaba naciendo.

El cierre llegó con Ball of Fire, un tema que condensaba toda la energía acumulada durante la noche. Al terminar, los aplausos no fueron un estallido breve, sino una ovación prolongada, casi agradecida. Algunos pedían otra, otros simplemente sonreían mientras recogían sus cosas, como si quisieran guardar en silencio lo que habían vivido.

Al salir del club, la brisa nocturna de Rae Town trajo un alivio fresco. En las calles, pequeños grupos comentaban la actuación, comparándola con cualquier otra banda de la isla y encontrando pocas rivales. No había redes sociales ni grabaciones inmediatas, pero el boca a boca haría su trabajo. Para la mañana siguiente, gran parte de Kingston sabría que en el Hi-Hat había debutado una banda como ninguna otra.

Años después, muchos recordarían esa noche como el verdadero nacimiento del ska tal y como lo conocemos, un momento en que los mejores músicos de Jamaica se unieron para crear un sonido que cruzaría mares y décadas. El Hi-Hat Club desaparecería, y algunos de sus protagonistas partirían demasiado pronto, pero el eco de aquel 27 de junio de 1964 seguiría resonando como una de las páginas más luminosas en la historia musical de la isla.

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