Hablar de Don Drummond es adentrarse en uno de los relatos más fascinantes y, a la vez, más trágicos de la música jamaicana. Nacido el 12 de marzo de 1932 en Kingston, Jamaica, como Donald Willis Drummond, fue un trombonista excepcional cuya capacidad técnica y sensibilidad melódica lo convirtieron en una figura central de The Skatalites. Su vida, marcada por una creatividad desbordante y por episodios de fragilidad mental, dejó un legado imborrable que todavía resuena seis décadas después.
Desde temprana edad, Drummond mostró un talento natural para la música. Como varios de sus futuros compañeros, se formó en el Alpha Boys School, donde el trombón se convirtió en su voz. La disciplina de la escuela, unida a la exigencia técnica de sus instructores, lo preparó para destacar no solo como instrumentista, sino como compositor. Ya en su adolescencia, su estilo combinaba la potencia de los metales del jazz con una capacidad de improvisación que desbordaba los moldes.
En los años cincuenta, Drummond trabajó como músico de sesión y en orquestas que animaban bailes y eventos en Kingston. Su trombón se distinguía por un fraseo melancólico, cargado de matices, capaz de transmitir tanto la alegría de un ska acelerado como la profundidad emocional de una balada instrumental. No era extraño que otros músicos lo describieran como un intérprete que “tocaba con el alma, incluso cuando la melodía pedía fuerza”.
Cuando The Skatalites se formaron oficialmente en 1964, Drummond aportó no solo su virtuosismo, sino un repertorio de composiciones que se convertirían en clásicos inmediatos. Estas piezas no solo mostraban su maestría en la escritura melódica, sino también su habilidad para integrar influencias del jazz y el R&B en un lenguaje jamaicano fresco y único.
Su carácter reservado y su mundo interior complejo contrastaban con la energía vibrante del ska. Se decía que podía pasar horas escribiendo partituras o experimentando con nuevas ideas, pero también que era propenso a retirarse de la vida social, sumido en pensamientos y silencios prolongados. Estos rasgos, que en parte alimentaban su creatividad, también serían señales tempranas de los problemas de salud mental que lo acompañaron toda su vida.
El 1 de enero de 1965, la noticia estremeció a Jamaica: Don Drummond fue arrestado acusado de asesinar a su pareja, la bailarina Anita “Marguerita” Mahfood. El hecho sacudió a la banda y a la comunidad musical. Declarado no apto para enfrentar juicio debido a su condición mental, fue internado en el Bellevue Hospital, donde permanecería hasta su muerte en 1969. El caso dejó una marca indeleble en la historia de la música de la isla y alimentó el aura trágica que rodea su figura. Sin embargo, las especulaciones sobre la enfermedad mental que aquejó a Drummond, y supuestamente también a su padre, se han centrado en la esquizofrenia.
A pesar de su abrupta salida de la escena, las grabaciones de Drummond con The Skatalites y como solista siguieron circulando, consolidando su reputación como uno de los trombonistas más originales del siglo XX. Su técnica impecable, combinada con un sentido melódico inusual, lo colocó en la misma liga que grandes del jazz, pero con una identidad absolutamente jamaicana.
Músicos de generaciones posteriores, tanto dentro como fuera de Jamaica, han citado a Drummond como influencia. Su capacidad para contar historias a través del trombón, para dar voz a emociones sin palabras, es una de las razones por las que su música sigue siendo estudiada y versionada. Canciones como Confucius o Occupation muestran un talento que, de no haberse visto interrumpido, podría haber llevado el ska a territorios aún más ambiciosos.
El lugar de Don Drummond en la historia de The Skatalites es inseparable de la historia de la banda misma. Sin él, buena parte del repertorio original carecería de esa mezcla de sofisticación y alma que definió sus primeros años. Y sin la disciplina y sensibilidad que aprendió en Alpha Boys School, quizá nunca habría desarrollado la voz musical que lo convirtió en leyenda.
Su muerte el 6 de mayo de 1969, dentro del Bellevue Hospital, cerró un capítulo doloroso, pero no apagó su música. En la conmemoración del 60.º aniversario de The Skatalites, recordar a Drummond es reconocer que el ska no solo fue ritmo y baile, sino también un vehículo para emociones profundas y, en su caso, un espejo de la complejidad humana.
Escuchar sus composiciones musicales hoy es sentir el latido de una Kingston en ebullición, la elegancia de un trombón que se adelantó a su tiempo y la voz de un hombre cuya vida fue tan intensa como fugaz. Don Drummond fue, y sigue siendo, el alma melancólica del ska.

