13 agosto 2021

Last Train To Skaville


Este es un álbum recopilatorio de The Soul Brothers publicado por el sello Soul Jazz Records bajo el auspicio de Studio One. Fue lanzado en 2003 y reúne algunos de los cortes más importantes del catálogo de esta banda jamaiquina que abrió el camino para la transición entre el ska y el rocksteady.

Acreditado a Jackie Mittoo como el líder de la banda, contó con la participación de Lloyd Brevett, Johnny Moore, Roland Alphonso y demás.


06 agosto 2021

Listen Up! Ska


"Listen Up! Ska" es una compilación lanzada en 2012 bajo el sello Kingston Sounds, que reúne algunos de los clásicos más emblemáticos del ska jamaicano, especialmente interpretados por The Skatalites. Se lanzó en formato CD y LP, con 16 y 14 pistas respectivamente. El álbum forma parte de la colección lanzada por el mismo sello discográfico llamada "Listen Up!", siendo esta compilación la primera edición específicamente dedicada al ska.

A pesar de ser una compilación de éxitos del ska temprano, "Listen Up! Ska" en la práctica es mas bien un álbum recopilatorio de The Skatalites, ya que todas las canciones son suyas, o cuentan con su participación directa, aunque algunas aparecen acreditadas a algunos miembros de la banda. Esto la hace especial dentro de la colección, sin embargo para el repertorio de la banda es otra recopilación más sin mayor relevancia que el marketing.






04 agosto 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 8


De Kingston a Coventry: 
El 2-Tone como relectura mestiza del ska y grito juvenil 
contra el racismo


A finales de los años setenta, el Reino Unido atravesaba un periodo de crisis económica, desempleo estructural y deterioro del tejido urbano, especialmente en las ciudades industriales del centro y norte del país. En ese panorama emergió con fuerza un nuevo movimiento musical y cultural: el 2-Tone, una reinterpretación del ska jamaiquino que conjugó la energía del punk, el ritmo contagioso del ska original y un poderoso mensaje contra el racismo. Aunque nació lejos de Kingston, el 2-Tone es inseparable del legado musical de Jamaica, y representa una de sus formas de expansión y resignificación más importantes.

El nombre del movimiento provino del sello 2 Tone Records, fundado en 1979 por Jerry Dammers, tecladista de The Specials. Desde su logo bicolor hasta su ethos sonoro, el 2-Tone apostaba por la mezcla: racial, musical y generacional. Era una respuesta visceral a la segregación social y al racismo cotidiano que sufrían los hijos de inmigrantes caribeños en Gran Bretaña, en un contexto marcado por el ascenso de la ultraderecha y por frecuentes choques con la policía. La música se convirtió en una declaración explícita de convivencia y rebelión.

La mayoría de los integrantes de las bandas 2-Tone eran jóvenes británicos —blancos y negros— de clase trabajadora, profundamente influenciados por el ska de los años sesenta, el rocksteady, el reggae y también por la estética y actitud del punk. The Specials, The Selecter, Madness, The Beat (conocidos como The English Beat en EE.UU.) y Bad Manners se convirtieron en los principales exponentes de este sonido híbrido, caracterizado por su ritmo acelerado, arreglos enérgicos de metales, letras urgentes y una fuerte carga política.

El ska del 2-Tone recuperó el beat clásico de los Skatalites o Prince Buster, pero lo aceleró con nervio punk y lo dotó de un nuevo lenguaje visual: trajes negros, camisas blancas, sombreros pork pie y zapatos brillantes, en una mezcla que evocaba tanto a los rude boys jamaiquinos como a los mods británicos. El resultado fue un estilo inconfundible que, más allá de la música, articuló una estética de resistencia juvenil, cosmopolita y militante.

La dimensión política del 2-Tone fue central. Canciones como “Ghost Town” de The Specials, “On My Radio” de The Selecter o “Stand Down Margaret” denunciaban el abandono social, el desempleo, la violencia policial y el autoritarismo de la era Thatcher. Pero más allá del contenido lírico, el mensaje estaba en la propia composición de las bandas y en el hecho de que blancos y negros subieran juntos al escenario como una imagen viva de la Inglaterra que querían construir.

El movimiento 2-Tone también sirvió como puente generacional y cultural. Para muchos jóvenes blancos, fue la puerta de entrada a la música jamaicana y a una historia de lucha y resistencia que desconocían. Para los hijos de inmigrantes caribeños, representó una forma de ver su cultura reconocida, reapropiada y revalorada en el centro del mainstream británico. Esta fusión, sin embargo, no estuvo exenta de tensiones ni de contradicciones, y en más de una ocasión las bandas se enfrentaron a públicos hostiles, infiltraciones de skinheads racistas o intentos de neutralizar su mensaje desde la industria musical.

A pesar de su corta duración como fenómeno de masas —el auge del 2-Tone apenas duró entre 1979 y 1981— su impacto fue duradero. No solo dejó una marca imborrable en la música popular británica, sino que también consolidó el ska como un lenguaje musical adaptable y transnacional. A partir de allí, surgieron nuevas escenas ska en Europa, América Latina y Estados Unidos, muchas de ellas inspiradas directa o indirectamente por la estética 2-Tone y su mezcla de rebeldía juvenil y mensaje social.

El 2-Tone fue, en esencia, una forma de canalizar las tensiones de su tiempo a través del ritmo y la danza, pero también un homenaje a la tradición musical de Jamaica. Su existencia demuestra cómo el ska —nacido en los barrios de Kingston como una celebración mestiza de la modernidad caribeña— fue capaz de transformarse y dialogar con otras realidades sociales, sin perder su energía ni su espíritu contestatario.

El legado del 2-Tone no solo vive en sus grabaciones, sino en las luchas que encarnó: contra el racismo, la exclusión, la intolerancia. En sus mejores momentos, fue una invitación a imaginar comunidades más justas desde la pista de baile, mezclando el dolor del presente con la alegría obstinada del ritmo. Como eco lejano de los años dorados del ska jamaiquino, el 2-Tone supo transformar esa memoria en una herramienta de cambio y solidaridad.

23 julio 2021

Aniversario 129 del nacimiento de Tafari Makonnen, su majestad Haile Selassie I



Haile Selassie I – Tafari Makonnen

23 de julio de 1892 – 27 de agosto de 1975


Es la figura de mayor importancia para la religión Rastafari, ya que es considerado la tercera reencarnación de Jah. Nacido en la provincia de Harar, en Etiopía, fue descendiente de la familia real que gobernaba el país y quien, según la tradición etíope, descendía de la estirpe del Rey Salomón, antiguo rey de Israel. Su verdadero nombre era Tafari Makonnen. Recibió el título de “Ras” y posteriormente fue coronado como emperador de Etiopía el 2 de noviembre de 1930 bajo el nombre de Haile Selassie I, con el que gobernó hasta su muerte en 1975.

Hoy se conmemoran 129 años de su natalicio, por lo que es importante destacar la relación y diferencia que existe entre su influencia en el Rastafarismo y el Reggae ya que, por una parte, los miembros más ortodoxos de esta religión ven a la música Reggae como un producto del capitalismo, expresando que los rastafaris no toman parte de esta música, pues el Nyabinghi es su expresión musical, mientras que para otros, el Reggae es el ritmo que da identidad a esta comunidad.

Sin embargo, esta última idea pierde fundamento al observar la evolución de la música jamaicana, ya que en sus inicios, el Reggae fue utilizado como medio para expresar los deseos de emancipación y libertad que la población de la isla buscaba obtener desde siglos atrás. No fue sino hasta la conversión de muchos artistas jamaicanos al Rastafarismo, especialmente el caso de Bob Marley, quien popularizó este género musical en los años 70’s, que la religión Rastafari cobró relevancia global, y de ahí que en la actualidad buena parte de las agrupaciones de Reggae tengan influencia de esta religión.

Por otra parte, los cánones del rastafarismo poco tienen que ver con la idea que se ha mantenido durante décadas acerca de diversas actividades, por ejemplo, el consumo de la marihuana o el uso de los llamados “Dreadlocks” que muchas personas consideran son exclusivas de esta religión. Así mismo, hay que destacar que este movimiento religioso tuvo su verdadero origen en Jamaica y no en Etiopía como se piensa.

Sea una cuestión cultural o musical, la realidad es que el Reggae ha contribuido con la expansión del movimiento Rastafari y éste a su vez, ha influido en la producción musical de Jamaica desde hace más de 50 años. No cabe duda que la figura de Haile Selassie siempre ha estado y estará inmersa en el desarrollo de la música de la isla.





07 julio 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 7


Raíces profundas: Rastafarismo, resistencia y espiritualidad sonora en el roots reggae



A mediados de la década de 1970, Jamaica vivía un periodo de intensas convulsiones políticas y sociales. La polarización entre los partidos hegemónicos —el PNP y el JLP— se traducía en violencia en las calles, en crisis económica, en desempleo y en una creciente desilusión popular. En ese contexto, el reggae —ya asentado como el lenguaje musical más potente del país— se transformó en algo más que un ritmo: se convirtió en un canal de denuncia, conciencia y resistencia. El surgimiento del roots reggae marcó un momento de maduración musical e ideológica sin precedentes en la isla.

El roots reggae no fue solo una evolución estilística respecto al reggae anterior. Fue, sobre todo, un fenómeno espiritual, político y cultural que profundizó en las raíces africanas, la historia de la esclavitud, el orgullo racial y la conexión con el movimiento rastafari. Esta música estaba pensada para conectar con la conciencia del pueblo oprimido, con la memoria colectiva de la diáspora y con el deseo de redención que atravesaba generaciones. Las letras dejaron de centrarse en temas románticos o festivos para volcarse de lleno en mensajes proféticos, denuncias contra Babylon, exaltación de Jah y llamados a la unidad.

Musicalmente, el roots reggae se caracterizó por su ritmo más pausado y meditativo, por el uso intencionado del bajo como columna vertebral emocional y por el empleo del delay, el eco y la reverb que evocaban una sonoridad etérea, a veces casi mística. Fue una época de innovación en el uso del estudio como instrumento creativo, en buena parte gracias a figuras como Lee "Scratch" Perry, que desde su mítico Black Ark Studio impulsó nuevas texturas sonoras que expandieron el lenguaje musical del reggae hacia dimensiones experimentales y espirituales.

Los mensajes del roots reggae fueron inseparables del rastafarismo, un movimiento espiritual surgido en los barrios marginados de Kingston que reinterpretó la Biblia desde la perspectiva del pueblo negro y proclamó la divinidad de Haile Selassie I, emperador de Etiopía, como símbolo de la liberación africana. Para muchos artistas de la época, como Burning Spear, The Abyssinians, Culture, Israel Vibration o Ras Michael, el reggae fue el medio para predicar esa cosmovisión, afirmando una identidad negra y africana en oposición al colonialismo mental heredado del pasado.

Uno de los legados más notorios del roots reggae fue su capacidad para poner en circulación una visión contrahegemónica del mundo. Mientras los medios y las élites locales reproducían los valores occidentales, la música roots planteaba una visión alternativa: anticolonial, anticapitalista, profundamente espiritual y centrada en la comunidad. Esto lo convirtió en una herramienta poderosa para la resistencia cultural y el pensamiento crítico, tanto en Jamaica como en otros contextos del Tercer Mundo.

La figura de Bob Marley encarnó —aunque no sin contradicciones— ese cruce entre música, ideología y alcance global. Con álbumes como Natty Dread (1974), Rastaman Vibration (1976) y Exodus (1977), Marley no solo llevó el roots reggae a audiencias internacionales, sino que ayudó a codificar una estética y una narrativa que inspiró a movimientos sociales y militantes en África, América Latina y Estados Unidos. Su fama, sin embargo, no eclipsó la profundidad del movimiento roots en su conjunto, que fue plural, autónomo y resistente.

A nivel local, el roots reggae también ofreció un refugio simbólico frente a la violencia y la pobreza. Las sound systems, los barrios como Trenchtown o August Town, los estudios como Channel One o Studio One, y las sesiones de grabación se convirtieron en espacios de comunión, creación y catarsis. Allí se construyó una espiritualidad popular que desbordaba los límites del dogma religioso, dando forma a una forma de vivir, sentir y entender el mundo.

Por supuesto, esta etapa no estuvo exenta de tensiones. La industria musical comenzó a mercantilizar algunos símbolos rastas; la internacionalización trajo consigo exigencias comerciales; y dentro del propio movimiento reggae surgieron debates sobre autenticidad, pureza ideológica y fidelidad a las raíces. Sin embargo, lo que permanece del roots reggae es su huella indeleble como vehículo de memoria, identidad y transformación.

En retrospectiva, el roots reggae representó uno de los momentos más luminosos de la música jamaicana: una confluencia poderosa entre estética sonora, contenido político y profundidad espiritual. No fue solo un género ni una moda: fue una declaración de principios, una forma de vida, un llamado colectivo a no olvidar el pasado y a imaginar otros futuros posibles desde la dignidad, la resistencia y la conexión con las raíces.

26 junio 2021

Stranger Cole: El forastero de la música jamaicana


En la historia de la música jamaicana, hay nombres que resuenan con fuerza por su carisma o por la fama de sus hits. Otros, en cambio, han sido los pilares silenciosos que sostuvieron la evolución sonora de toda una isla. Uno de esos nombres es Wilburn Theodore Cole, mejor conocido como Stranger Cole. Nacido un 26 de junio —en un año que fluctúa entre 1942 y 1945 según distintas fuentes— en Kingston, Jamaica, Stranger es uno de los artistas cuya trayectoria cubre el desarrollo completo del ska, el rocksteady y el reggae. Su historia es también la historia de la transformación musical de Jamaica, contada a través de la humildad, la constancia y el talento colaborativo.

El apodo “Stranger” le fue dado desde muy joven. Sus propios familiares decían que no se parecía a nadie en la familia, ni en rostro ni en personalidad. Aquel “forastero” pronto se integraría en el paisaje musical de Kingston, primero como compositor y luego como intérprete, marcando época con sus canciones suaves, sinceras y cargadas de ritmo.

En sus inicios, Stranger no destacaba por una ambición desbordante ni por un deseo de fama. En realidad, su entrada al mundo del ska fue casi tímida. Su primer paso fue escribir canciones que otros cantaban. Uno de sus primeros logros llegó cuando Monty Morris grabó “In and Out the Window”, tema compuesto por el propio Stranger, lo que le valió reconocimiento como compositor en el entorno del productor Duke Reid. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que él mismo empezara a cantar sus propias composiciones. Fue precisamente bajo el sello Treasure Isle de Reid que grabó su primer gran éxito, “Rough and Tough”, en 1962, año de la independencia de Jamaica y del nacimiento oficial del ska como música identitaria de la isla.

La década de 1960 fue un hervidero creativo para Stranger Cole. Su voz cálida, su dicción clara y su cadencia tranquila se convirtieron en el complemento perfecto para duetos entrañables, especialmente con figuras como Patsy Todd, con quien formó una de las parejas vocales más queridas del ska y el rocksteady. Canciones como “When You Call My Name”, “Down the Train Line” o “Love Divine” reflejan la ternura, la sencillez emocional y la solidez armónica de estos dúos. Más adelante, compartiría también micrófono con Ken Boothe, Gladstone Anderson y Hortense Ellis, hermana de Alton Ellis.

Este gusto por cantar acompañado no era una estrategia de marketing ni una fórmula comercial, sino una expresión sincera de su personalidad: Stranger Cole era un artista introspectivo, más cómodo compartiendo el escenario que acaparando el centro de atención. Lejos de limitarlo, esta característica alimentó su legado como un artista profundamente colaborativo, algo que es constante en toda su discografía.

Uno de los puntos más relevantes —y también más debatidos— de su carrera es su participación en la transición del rocksteady al reggae. En 1968, Stranger grabó junto al saxofonista Lester Sterling un tema titulado “Bangarang”, que se alejaba rítmicamente del rocksteady y establecía una base rítmica sincopada más acentuada, más lenta y con el característico “one drop” del reggae. En entrevistas posteriores, Cole ha afirmado categóricamente que “Bangarang” fue la primera canción verdaderamente reggae jamás grabada. Aunque muchos estudiosos suelen dar ese título a canciones como “Nanny Goat” de Larry Marshall o “Do the Reggay” de Toots & The Maytals —la primera en nombrar al género—, Stranger sostiene que fue Bangarang la que introdujo el nuevo ritmo. Para él, no era tanto la palabra lo que importaba, sino el patrón musical.

Esta afirmación, que ha sido tema de debate, pone en relieve algo crucial: Stranger no sólo fue testigo del surgimiento del reggae, sino que participó activamente en su construcción. A pesar de no haber recibido el mismo reconocimiento que otros íconos del género, su contribución al surgimiento del nuevo ritmo fue decisiva.

En los años 70, como muchos músicos de su generación, Stranger dejó Jamaica. Primero vivió un tiempo en Inglaterra, donde se presentó en festivales y clubes del circuito caribeño. Luego se trasladó a Toronto, Canadá, donde vivió durante décadas. Allí trabajó en una fábrica de juguetes de la marca Tonka y fundó la primera tienda de discos caribeños del Kensington Market, una zona multicultural por excelencia. Aunque alejado del centro de la industria musical, Stranger nunca dejó de grabar ni de actuar esporádicamente. Más aún, desde Toronto siguió promoviendo la cultura jamaicana con discreción, integridad y compromiso.

Durante los años 70 y 80, publicó varios discos, entre ellos Forward in the Land of Sunshine (1976), The First Ten Years of Stranger Cole (1978), y Capture Land (1980). En muchos de ellos no solo fue intérprete, sino también productor, usando su propio sello para preservar su visión musical sin interferencias externas. Ya entrado el siglo XXI, Stranger se mantuvo activo: en 2006 colaboró con Jah Shaka en el álbum Morning Train, y en 2009 fue uno de los protagonistas del documental Rocksteady: The Roots of Reggae, que reunió a figuras emblemáticas de la época dorada del género.

En el año 2018, fue homenajeado en el Independence Grand Gala en Kingston, junto a artistas como Richie Stephens y Damian “Jr. Gong” Marley. El gobierno de Jamaica reconocía así a un artista cuya carrera había sido larga, constante, pero también subestimada por muchos. El reconocimiento oficial fue, para Stranger, un gesto de gratitud por una vida entera dedicada a la música de su pueblo.

Stranger Cole es también un patriarca musical: su hijo “Squiddly” Cole ha sido baterista de figuras como Ziggy Marley, y otro de sus hijos, Marcus Cole (KxritoXisen), ha producido algunos de sus discos recientes, mostrando así cómo el legado de Stranger se extiende a nuevas generaciones.

Hablar de Stranger Cole es hablar de un artista que nunca buscó el estrellato pero cuya huella es profunda y duradera. Fue parte del sonido que marcó el nacimiento de una nación, y de la evolución de un género que transformaría la música mundial. A veces opacado por nombres más visibles, su presencia ha sido constante, honesta y esencial.

En una industria que muchas veces premia el espectáculo sobre la sustancia, Stranger Cole nos recuerda el valor de la consistencia, de la colaboración y de la sencillez. Su voz no ha sido la más ruidosa, pero ha sido una de las más firmes. Y su música sigue allí: vibrando entre los surcos de un vinilo viejo, sonando en los sound systems, o acompañando con dulzura una tarde soleada. Porque Stranger Cole, el forastero, se volvió parte de todos.


03 junio 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 6


Reggae: Raíz, mensaje y expansión


A finales de la década de 1960, cuando el rocksteady comenzaba a decaer, emergió un nuevo ritmo que conservaría la esencia de sus predecesores pero ganaría en profundidad, madurez y alcance: el reggae. Este nuevo sonido, nacido en las calles y estudios de Kingston, no solo marcaría una nueva etapa musical para la isla, sino que pronto se convertiría en su lenguaje más potente, capaz de articular angustias colectivas, aspiraciones espirituales y discursos de resistencia que resonarían en todo el mundo. El reggae no fue simplemente un giro estilístico; fue un salto en densidad expresiva y una plataforma desde la cual el pueblo jamaiquino habló al mundo.

A nivel sonoro, el reggae heredó del rocksteady la ralentización del tempo y la claridad del groove, pero introdujo una reorganización rítmica aún más marcada. El acento en el segundo y cuarto tiempo del compás —el famoso “one drop”— se volvió su sello distintivo, acompañado por líneas de bajo envolventes y repetitivas, guitarras sincopadas y percusión mínima pero intencionada. La batería se volvió más reflexiva que explosiva, y el espacio sonoro ganó en profundidad. Este cambio no fue fortuito: el reggae nació en un contexto de creciente introspección social, y su estructura reflejaba esa nueva necesidad de contención, reflexión y mensaje.

Históricamente, el reggae emergió en un período de agitación. Jamaica, apenas una década después de su independencia, enfrentaba crecientes tensiones políticas, desigualdad social y desilusión popular. El sueño de soberanía plena comenzaba a chocar con la realidad del neocolonialismo económico, la corrupción gubernamental y la violencia urbana. En este clima, la música popular dejó de cantar solo al amor juvenil o al baile; el reggae introdujo una nueva narrativa de denuncia, búsqueda espiritual y cuestionamiento profundo del orden establecido. Fue la voz del ghetto, pero también la del alma de una nación en busca de sentido.

La música jamaiquina había sido siempre una expresión del pueblo, en el sentido más auténtico. Pero como bien advierte cierta crítica, a menudo se cuenta su historia sin contar la historia del pueblo mismo. Se celebra el ritmo, pero se omite el contexto; se aplaude al artista, pero se invisibiliza la comunidad que lo formó. El reggae trastoca esa lógica. No se puede hablar del reggae sin hablar de las realidades sociales que lo nutrieron: la pobreza estructural, la migración interna, la represión política o el auge del rastafarismo. Cada verso que cantaba a Jah o denunciaba “Babylon” era también un acto de memoria, una crónica del presente.

En el plano cultural, el reggae implicó una reafirmación identitaria profunda. A diferencia del ska, que aún coqueteaba con la estética anglófila, o del rocksteady, que era más introspectivo y emocional, el reggae articuló una estética afrocaribeña explícita, ligada al panafricanismo, al orgullo negro y a la espiritualidad rastafari. El uso de la lengua patois como vehículo poético se intensificó, convirtiéndose en un acto de resistencia lingüística frente al inglés colonial. El reggae no solo hablaba distinto: pensaba distinto, veía distinto, soñaba distinto.

Bob Marley es, sin duda, el nombre más emblemático del reggae, pero reducir todo el movimiento a su figura es tan injusto como contraproducente. Junto a él —y a menudo desde márgenes menos visibles— estuvieron figuras como Peter Tosh, Burning Spear, The Abyssinians, Culture, Big Youth, Max Romeo, y muchos otros, que ampliaron el abanico temático del género: de la espiritualidad a la revolución, del exilio al regreso, del amor universal al odio al sistema. El reggae fue coral, diverso, polifónico. Y aunque Marley se convirtió en el rostro planetario del género, su mensaje no se desvió nunca del ethos colectivo que lo originó.

Desde sus inicios, el reggae fue también un fenómeno tecnológico. La consolidación de los estudios de grabación en Kingston —como Studio One, Channel One o Black Ark— permitió una expansión técnica sin precedentes. Productores como Lee "Scratch" Perry o King Tubby no solo experimentaron con nuevas formas de grabar y mezclar, sino que dieron paso a un nuevo paradigma sonoro: el dub, una forma de remix experimental que abriría camino a muchas músicas electrónicas contemporáneas. En ese sentido, el reggae no solo fue una escuela lírica o espiritual: también fue una vanguardia sonora.

El reggae fue, y sigue siendo, un medio de comunicación alternativa. En una isla donde los medios oficiales rara vez reflejaban las preocupaciones del pueblo llano, la música se volvió canal de información, de formación y de organización. Las letras abordaban desde el alza de precios hasta los tiroteos entre bandas, desde el acoso policial hasta la necesidad de retorno a África. Y más allá de Jamaica, comunidades diaspóricas en Londres, Toronto o Nueva York encontraron en el reggae un puente emocional con su tierra, una forma de nombrar lo que vivían en contextos hostiles.

Su influencia internacional ha sido vasta. El reggae no solo se diseminó por el Caribe y África, sino que influenció géneros como el punk británico, el hip hop neoyorquino o la música electrónica europea. La práctica del toasting, nacida en los sound systems jamaiquinos, fue llevada por migrantes a los barrios del Bronx, donde terminaría incubando las bases del rap. Del mismo modo, estilos como el lovers rock, el jungle o el reggaetón beben, en mayor o menor medida, del río musical abierto por el reggae. No es exagerado decir que sin reggae, el mapa de la música popular global sería otro.

Pero más allá de los ecos que provocó, lo esencial del reggae sigue estando en su raíz: su capacidad para decir, para denunciar, para consolar, para sanar. Por eso ha perdurado. Porque no solo acompañó procesos históricos, sino que se convirtió en ellos. En las marchas, en los guetos, en los rituales, en los corazones, el reggae sigue siendo lenguaje y refugio. Su longevidad no es casual: es consecuencia de una potencia simbólica que va mucho más allá de la industria musical.

Y es que el reggae logró lo que muy pocas músicas han conseguido: crear una cosmovisión. No solo es un estilo musical, es una forma de mirar el mundo. Escuchar reggae es, en cierto modo, asumir una ética: la del respeto, la lucha, la conexión espiritual, la memoria. En ese sentido, su vigencia está asegurada. Porque mientras haya opresión, el reggae tendrá algo que decir. Y mientras haya quien escuche, tendrá a quién sanar.

Así, cuando hablamos de reggae, no hablamos solo de una categoría estética o una marca cultural. Hablamos de una experiencia histórica en curso. Una que empezó en los estudios de Trenchtown, pero que ya forma parte de la conciencia sonora del mundo. El reggae es, y seguirá siendo, el eco rítmico de una isla que supo transformar sus heridas en himnos, su dolor en belleza, y su resistencia en legado.

11 mayo 2021

11 de mayo - 40° aniversario luctuoso de Bob Marley

Su muerte se produjo de forma prematura por un cáncer que se extendió por todo su cuerpo y que comenzó en el dedo de un pie en 1977, año en que los médicos le habían detectado un tipo de melanoma maligno; los profesionales le aconsejaron amputar el dedo, pero Bob, por creencias religiosas, rechazó la intervención.

Tres años después, el 5 de octubre de 1980, visitaba Nueva York por primera vez en su vida para dos actuaciones en el Madison Square Garden. Vivía el lujo del hotel Essex House, al sur del Central Park, pero la mañana del 8 de octubre salió a hacer jogging y se cayó al suelo desplomado. En el hospital donde fue ingresado, quedaron horrorizados. El cáncer había avanzado al cerebro y a los pulmones. Recibió tratamiento médico en Nueva York, pero los médicos aseguraron que ya no podían hacer nada por él. Tres días después actuaba en el teatro Stanley de Pittsburgh. Esa sería su última actuación.

Pese a que se le habían augurado algunos días más de vida, Bob siguió adelante con sus tratamientos médicos y pasaron poco más de seis meses visitando médicos y clínicas especializadas. Sin embargo, el 11 de mayo de 1981, Bob Marley viajó desde Alemania hasta Jamaica, pero sus funciones vitales empezaron a fallar y fue ingresado urgentemente en el Hospital Universitario de Miami, donde pudo aterrizar el avión en el que viajaba. A las pocas horas, el artista falleció en el propio hospital.

Su muerte a la edad de 36 años provocó una ola de dolor en todo el mundo. En Jamaica, una congregación de mas de 6.000 personas lamentó la pérdida del Honorable Robert Nesta Marley, OM (Orden al Mérito) en una ceremonia fúnebre de estado en la National Arena. “Él es parte de la conciencia colectiva de la nación”, declaró el primer ministro Edward Seaga en un elogio al cantante que, dijo, había “dejado una huella indeleble”.

Bob Marley fue uno de los grandes músicos del siglo pasado y referencia obligada para todo aquel que hable de paz; supo que la música poseía una fuerza oculta que movía a millones de personas y la usó para tratar de construir una sociedad mejor. El mensaje de sus canciones y su posicionamiento social le convirtieron en un símbolo para los oprimidos.

A 40 años de su partida le rendimos homenaje para recordar la vida y obra del rasta más famoso del mundo y así honrar su nombre y su legado musical.



¡¡¡Por siempre Bob Marley!!!







05 mayo 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 5


Rocksteady: el ritmo lento del desencanto y la introspección



El rocksteady no irrumpió con estridencia en el panorama sonoro jamaicano; más bien, descendió con la calma grave de quien ha dejado de correr para observar lo que queda. A mediados de los años 60, apenas unos años después del entusiasmo que rodeó la independencia, Jamaica atravesaba una nueva etapa: el sueño emancipador comenzaba a mostrar sus grietas. Las promesas de justicia social, desarrollo económico y unidad nacional que acompañaron la descolonización se veían erosionadas por el aumento del desempleo urbano, la migración rural desordenada, el auge de los tugurios y la consolidación de las élites tradicionales en el nuevo poder. En ese contexto, la música también cambió de velocidad, de tono y de espíritu.

El ska, con su aceleración optimista y su impulso de fiesta popular, dejó paso a un nuevo ritmo más lento, introspectivo, melódico. El rocksteady, que dominó brevemente la escena entre 1966 y 1968, fue la transición entre el entusiasmo juvenil del ska y la madurez crítica del reggae. Su base instrumental conservaba elementos del ska —particularmente el acento en el offbeat—, pero la batería se hizo más pausada, el bajo adquirió un papel más protagonista y serpenteante, y la estructura armónica permitió un mayor protagonismo a las voces, muchas veces con un carácter coral o dialogado.

La ralentización del tempo no fue solo una decisión estética: fue también una forma de expresar el ánimo social del momento. En los barrios populares de Kingston, donde la juventud crecía sin acceso real a oportunidades laborales, educativas ni culturales, el rocksteady ofrecía un espacio de refugio emocional y expresión identitaria. Su lírica giró en torno a temas como el amor, la traición, la desilusión, la soledad, pero también la esperanza, el deseo de pertenencia y la afirmación del yo. A través de canciones como “Take It Easy” de Hopeton Lewis, “On the Beach” de The Paragons, o “Rocksteady” de Alton Ellis, se desplegó un lenguaje emocional que conectaba profundamente con los afectos y tensiones de una generación atrapada entre dos épocas.

El aspecto vocal fue central en el rocksteady. Si bien el ska había privilegiado los coros energéticos y los solos instrumentales, el rocksteady colocó la voz en primer plano, exigiendo interpretaciones más sutiles, sentidas y melódicas. Esto propició el auge de los grupos vocales como The Techniques, The Heptones, The Melodians o The Gaylads, cuyas armonías influenciadas por el soul norteamericano aportaron una estética refinada, casi espiritual. En muchas de estas canciones puede percibirse la herencia de Sam Cooke, Curtis Mayfield o The Impressions, fusionada con el sentimiento popular de las calles jamaiquinas.

En paralelo, el rocksteady permitió una sofisticación instrumental sin perder su raíz popular. El bajista Jackie Jackson, el tecladista Gladstone Anderson o el guitarrista Lynn Taitt contribuyeron a definir un estilo que, si bien duró apenas dos años como ritmo dominante, dejó una huella indeleble. Fue precisamente Lynn Taitt, guitarrista trinitense radicado en Jamaica, quien se considera uno de los grandes arquitectos del sonido rocksteady, con su estilo cortante, minimalista y preciso que ayudó a consolidar la estética del género.

Culturalmente, el rocksteady marcó un punto de inflexión. Fue el momento en que la música popular jamaiquina dejó de mirar hacia afuera para comenzar a narrarse a sí misma con una nueva profundidad. Aunque el ska ya había hablado del orgullo nacional y la modernidad, el rocksteady se sumergió en los sentimientos contradictorios de la juventud negra urbana: amor romántico, sí, pero también frustración, deseo de movilidad social, reflexión sobre el entorno inmediato. Esta densidad emocional fue preparando el terreno para el reggae, donde el comentario social se tornaría aún más explícito y estructurado.

El rocksteady también coincide con la consolidación del “ghetto” como realidad urbana y categoría cultural. Lugares como Trench Town, Jonestown o Denham Town no eran ya simples barrios; se convertían en territorios simbólicos desde los cuales se emitía un discurso musical con identidad propia. La experiencia de vivir en la pobreza urbana comenzaba a ser enunciada por sus propios protagonistas, no solo desde la denuncia directa, sino desde la sensibilidad artística. El amor y el dolor, la celebración y el abandono, el consuelo y la rabia empezaban a tomar forma musical como síntomas de una juventud que sabía que el tiempo de las ilusiones había terminado, pero que aún quería creer en algo.

En términos sociales, el rocksteady también reflejó cambios en la estética corporal, en la moda, en las formas de socialización. Los bailes se hicieron más íntimos, los movimientos más sensuales, y el atuendo pasó del desenfado del rude boy al estilo más contenido y elegante del “soul rebel”. Esa transformación estética acompañaba una transformación emocional: la música, ahora más lenta, invitaba a escuchar, a interpretar, a sentir de otro modo.

Aunque breve en su reinado, el rocksteady fue semilla y bisagra. Fue el espacio de condensación donde las tensiones de la Jamaica posindependiente encontraron su primer lenguaje maduro, introspectivo y artístico. Su valor no radica solo en lo que anticipó —el advenimiento del reggae—, sino en lo que supo capturar: una generación enfrentada a su tiempo, que eligió la lentitud como forma de pensamiento, y la melodía como forma de resistencia emocional.

07 abril 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 4


Ska e independencia: el ritmo de una nación que despierta



Cuando Jamaica obtuvo su independencia del Reino Unido el 6 de agosto de 1962, la isla no solo izó una nueva bandera: también alzó un nuevo sonido. El ska, un ritmo vibrante, sincopado y festivo, emergió en los años previos como el latido musical de una sociedad que transitaba de la colonia a la nación. No fue una simple coincidencia temporal; fue una expresión cultural profundamente ligada al momento histórico, al estado de ánimo colectivo, al deseo de proyectar una identidad propia en medio de los retos del poscolonialismo.

El ska nació a finales de los años 50 en los barrios populares de Kingston, particularmente en medio del bullicio de los soundsystems y los bailes callejeros que definieron la cultura urbana de la época. En lo musical, el ska surgió como resultado de la fusión entre el mento jamaicano, el rhythm and blues de Nueva Orleans, el jazz, el calypso, y los patrones africanos heredados. Su característica más distintiva fue el "offbeat", ese acento en los tiempos débiles que daba a la música una energía bailable única. El bajo melódico, las guitarras recortadas, la batería con acento en el segundo y cuarto tiempo, y las secciones de metales animadas definieron su sonido.

Este nuevo estilo no solo entusiasmó a los jóvenes de la isla; fue adoptado como emblema por una generación que aspiraba a construir una Jamaica libre, moderna y culturalmente autónoma. Bandas como The Skatalites —formada oficialmente en 1964, pero integrada por músicos que ya llevaban años de experiencia— fueron las arquitectas sonoras de este momento. Su repertorio instrumental recogía influencias jazzísticas, riffs heredados del rhythm and blues, e improvisaciones caribeñas que hacían del ska una música rica y sofisticada a la vez que popular.

Pero el ska no solo sonaba a fiesta; también transmitía un mensaje. Canciones como “Forward March” de Derrick Morgan o “Independent Jamaica” de Lord Creator, ambas lanzadas en 1962, celebraban el fin del dominio colonial con un optimismo electrizante. “Forward March” se convirtió en un himno no oficial de la independencia, con su llamada a avanzar como nación unida. En su contenido y en su ritmo se sintetizaban el espíritu de un tiempo nuevo. Por su parte, “Miss Jamaica” de Jimmy Cliff, también de ese año, reflejaba una mirada más realista sobre los restos de la colonialidad en la sociedad posindependentista, mostrando que el optimismo no estaba exento de tensiones.

En ese contexto, el ska también fue un instrumento de reconstrucción simbólica. En una sociedad aún marcada por profundas divisiones raciales, de clase y de acceso a la tierra y al poder, el ska ofrecía un espacio de encuentro. Sus letras hablaban de amor, baile, conflictos cotidianos, pero también de aspiraciones colectivas. Era, en esencia, una forma de narrar el presente de los jóvenes negros, muchos de ellos recién llegados a la ciudad desde el campo, que querían un lugar en la nueva Jamaica.

Además, el ska fue uno de los primeros productos culturales exportables de la isla. A través de la diáspora y de sellos como Studio One, Beverley’s y Trojan Records, el ska cruzó el mar y encontró eco en el Reino Unido, donde la comunidad afrocaribeña lo convirtió en bandera de identidad, y más tarde influiría decisivamente en el movimiento two-tone de los años 70 y 80. Pero incluso antes de esa exportación formal, ya el ska llevaba consigo la posibilidad de una voz jamaicana que se hacía oír más allá del archipiélago.

El desarrollo del ska también estuvo acompañado por una incipiente infraestructura musical local. Estudios de grabación como Federal Records, productores visionarios como Coxsone Dodd y Duke Reid, y los sistemas de sonido como Downbeat o King Edwards sentaron las bases para una industria musical nacional. Era el inicio de un ecosistema sonoro que daría lugar a décadas de innovación musical en la isla.

Con todo, el ska no fue inmune al cambio. Hacia mediados de los años 60, la efervescencia de la independencia dio paso a la conciencia de sus límites. La desigualdad persistente, el desempleo urbano, la violencia política y la frustración ante la falta de transformaciones reales comenzaron a impregnar el ánimo popular. En ese contexto, el ritmo se desaceleró: nació el rocksteady. Pero el ska, por breve que haya sido su momento de esplendor como ritmo dominante, quedó grabado como la música del nacimiento de una nación.

Comprender el ska no es solo escuchar una etapa estilística en la evolución del reggae; es entender cómo una sociedad al borde de su emancipación encontró en la música una forma de afirmarse, de proyectarse y de celebrar la posibilidad de su propio futuro. Es sentir cómo la historia puede bailarse.




03 marzo 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 3



Mento: sátira, crónica y raíz de la música popular jamaicana



Antes del ska, el rocksteady o el reggae, ya existía en Jamaica una música que hablaba con picardía de la vida cotidiana, que se bailaba en fiestas populares y que llevaba, en sus formas sencillas, el eco de una memoria colectiva ancestral. Esa música fue el mento, considerado por muchos como el primer género popular auténticamente jamaicano, surgido de la mezcla cultural entre las tradiciones africanas traídas por los esclavizados y las influencias europeas introducidas durante el periodo colonial. Su existencia revela no solo un temprano proceso de criollización musical, sino también una aguda conciencia social expresada a través del humor, la sátira y la observación aguda del entorno.

Aunque sus raíces son más profundas, el mento comenzó a perfilarse como género reconocible entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, particularmente en zonas rurales. Se interpretaba con frecuencia en mercados, plazas, celebraciones campesinas y veladas privadas, donde grupos pequeños, generalmente integrados por instrumentos acústicos —banjo, guitarra, marímbula, tambor, quijada, fife, maracas— daban forma a un sonido cálido y rítmico, de cadencia envolvente, con una base sincopada y estructuras armónicas simples, pero efectivas.

El mento fue mucho más que un estilo musical: fue una forma de narrar. Las letras abordaban temas que iban desde la sexualidad y el trabajo hasta la crítica a las élites, la corrupción, la desigualdad o la migración. En ese sentido, funcionaba como crónica de la vida jamaiquina, en una época en la que los medios formales no registraban las voces de la clase trabajadora. Muchas de estas canciones transmitían sabiduría popular, comentarios sobre la actualidad o historias locales con un tono burlesco, directo y a menudo atrevido. Era música del pueblo para el pueblo, y su popularidad se extendió por toda la isla durante la primera mitad del siglo XX.

La lírica del mento puede parecer ligera a primera escucha, pero bajo su humor frecuentemente esconde una lectura crítica del contexto social. Canciones como “Night Food”, “Woman Smarter” o “Linstead Market” tratan con desenfado temas como el hambre, el género o el comercio informal, con frases llenas de doble sentido y aguda ironía. En este uso de la música como comentario social se manifiesta la continuidad de las formas orales africanas, donde el entretenimiento nunca está separado del pensamiento.

En términos formales, el mento presenta características rítmicas heredadas de África, como el uso de patrones cruzados y la síncopa, que más tarde influirán directamente en la estructura rítmica del ska. Aunque algunos lo confunden con el calypso de Trinidad y Tobago —con el cual comparte ciertos rasgos—, el mento tiene un carácter y un vocabulario propios, anclado en la experiencia local jamaicana, con una fuerte presencia del patois como lengua de expresión y con una estructura musical más sencilla pero no menos efectiva.

Durante los años 40 y 50, con la expansión de la radio y la grabación en Jamaica, el mento entró en los estudios. Artistas como Lord Flea, Count Lasher, Harold Richardson o Stanley Beckford lograron grabaciones populares que ayudaron a consolidar el género en la esfera comercial. Sin embargo, con la irrupción del ska en los años 60 y la transformación del panorama urbano-musical de Kingston, el mento fue gradualmente relegado a los márgenes, manteniéndose principalmente como música folklórica o turística. A pesar de eso, su legado nunca desapareció: muchas de sus formas melódicas y su mirada lírica siguen vivas en los géneros que lo sucedieron.

Más que un género olvidado, el mento es una raíz. Una raíz que alimenta la identidad sonora de Jamaica, y que habla de un pueblo capaz de transformar su historia en canción, su sufrimiento en sátira, su cotidianidad en arte. Comprender su papel es escuchar los cimientos sobre los que se edificó toda la música popular jamaicana posterior.




03 febrero 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 2


Raíces africanas y criollización musical en Jamaica: el pulso ancestral que resiste



El paisaje sonoro de Jamaica tiene en sus raíces africanas el cimiento fundamental sobre el cual se ha erigido toda su expresión musical. Desde la llegada forzada de millones de africanos durante los siglos XVII y XVIII, la isla se convirtió en un crisol de culturas donde la música fue uno de los elementos más resistentes y creativos de la identidad negra jamaicana. La música no solo fue un refugio emocional para los esclavizados; fue también un vehículo de comunicación, resistencia y preservación cultural que desafió el intento colonial de borrar sus memorias y tradiciones.

En Jamaica, la esclavitud arrancó a las personas de sus territorios originarios, pero no pudo extinguir sus prácticas musicales ni sus sistemas de creencias. Las poblaciones esclavizadas conservaron en sus cantos, ritmos y movimientos una conexión con África occidental, central y del sur, regiones diversas que confluyeron en la isla. Instrumentos como los tambores, el banjo (de origen africano), el fife y otros elementos rítmicos eran esenciales en ceremonias religiosas, celebraciones comunitarias y actividades cotidianas. Por ejemplo, los tambores kumina, asociados a prácticas espirituales afro-jamaicanas, eran usados para establecer un puente entre el mundo terrenal y el espiritual, una función que trascendía lo musical para ser también un acto sagrado.

El sistema colonial buscaba controlar y disciplinar el cuerpo y la mente de los esclavizados; sin embargo, la música se convirtió en un espacio donde podían expresarse colectivamente, contar sus historias, llorar a sus muertos y mantener viva su memoria ancestral. La forma de llamada y respuesta, el canto coral y los bailes en círculo eran medios para reforzar el sentido de comunidad y pertenencia. Estas prácticas también sirvieron para transmitir códigos de alerta, organizar resistencias y negociar con las autoridades esclavistas.

Con la abolición de la esclavitud en 1834 y la consolidación de una sociedad libre pero todavía desigual y segregada, la música continuó transformándose. Las antiguas prácticas africanas se mezclaron con elementos traídos por los colonos europeos —instrumentos como la guitarra, el violín y la armónica— y con influencias indígenas y de otras islas caribeñas. Este proceso de hibridación o criollización musical dio origen a nuevas formas sonoras, que reflejaban la complejidad de la identidad jamaicana.

Un ejemplo claro es el mento, género surgido a finales del siglo XIX y consolidado a lo largo del siglo XX, que fusionó ritmos africanos con melodías y armonías europeas, creando un estilo festivo y narrativo. El mento fue la primera música popular auténticamente jamaicana que se difundió masivamente, y sus letras, cargadas de humor y crítica social, reflejaban la vida cotidiana de las comunidades rurales y urbanas. Instrumentos como la marímbula, el banjo, la guitarra acústica y las maracas acompañaban canciones que hablaban de trabajo, amor, política y religión.

Musicalmente, los patrones rítmicos de base africana persistieron con sus complejas síncopas y polirritmias, aunque adaptados a la instrumentación disponible y al contexto local. Esta continuidad rítmica puede rastrearse como un pulso ancestral que guía no solo al mento, sino también a géneros posteriores como el ska y el reggae. La persistencia de estos elementos demuestra que la identidad musical jamaicana es inseparable de su herencia africana, incluso cuando incorpora y transforma influencias externas.

Este fenómeno de criollización no fue exclusivo de la música, sino parte de un proceso cultural más amplio que definió la identidad jamaicana y caribeña en general. La música, sin embargo, destaca como una de las expresiones más visibles y audibles de este mestizaje cultural, y su estudio permite entender la historia de un pueblo que, a través de sus sonidos, mantuvo viva su dignidad frente a la opresión y el desarraigo.




22 enero 2021

Carib Soul


Carib Soul es el segundo álbum de la banda The Soul Brothers, que fue lanzado bajo el cobijo de Studio One en 1967. Originalmente no fue lanzado tal cual como un álbum, sino mas bien como una recopilación de pistas grabadas por la banda para el sello. Su primer edición fue en formato LP, aunque años después se ha reeditado y lanzado tanto en formato CD como digital.

Este álbum se inscribe dentro del periodo de consolidación del sonido de Studio One, en un momento de profunda transformación para la música popular jamaicana, pues refleja la transición entre el impulso rítmico del ska y la cadencia más pausada y estructurada del rocksteady.

 En este sentido, Carib Soul cumple una doble función: por un lado, documenta el repertorio instrumental característico de Studio One durante la segunda mitad de los años sesenta, y por otro, ofrece una representación fiel del estilo sonoro que definió a la industria musical de Kingston en ese periodo.





15 enero 2021

Hot Shot


Este es un álbum de estudio de The Soul Brothers, considerado el primero de la banda. Publicado originalmente en 1966 bajo el sello Studio One, el álbum no solo consolidó a la banda como la columna vertebral instrumental del estudio de Clement “Coxsone” Dodd, sino que también registró el tránsito definitivo del ska hacia el rocksteady, con una elegancia y una precisión musical que siguen siendo una referencia medio siglo después. Sin embargo, es importante mencionar que en su primer lanzamiento no era considerado un álbum de estudio, sino mas bien una recopilación de diversos temas que la banda, posterior a la separación de The Skatalites, habían grabado entre 1966 y 1967 para el sello.

El disco fue grabado en el Studio One de Brentford Road, Kingston, y distribuido originalmente en formato LP bajo el sello Jamaica Recording & Publishing Studio Ltd. Su reedición más conocida apareció en formato digital y CD en 2015, remasterizada para Studio One Records, lo que permitió redescubrir la claridad de sus líneas instrumentales y el refinamiento de sus arreglos.

El álbum suele contemplarse como una de las referencias instrumentales más representativas del periodo de transición del ska al rocksteady, tanto dentro del sello Studio One como otros sellos de la época. Pero más allá de su importancia musical, Hot Shot también tiene un valor histórico. Representa la consolidación de The Soul Brothers como la banda residente de Studio One, un rol que los convirtió en el motor silencioso detrás de infinidad de grabaciones posteriores de artistas vocales como The Heptones, The Wailers o Ken Boothe. Muchas de las bases rítmicas creadas para Hot Shot fueron reutilizadas o reinterpretadas años después, dando lugar a los célebres “riddims” que se convirtieron en pilares del reggae y el dub.


08 enero 2021

Rare Reggae Grooves From Studio One


El Rare Reggae Grooves From Studio One es un álbum recopilatorio lanzado en 1999 por Studio One/Heartbeat Records como la continuación del álbum Studio One Showcase Volume 1. Las pistas del álbum fueron grabadas originalmente en Jamaica.

A mediados y finales de los setenta, en Jamaica se popularizó extender cada canción añadiendo una repetición instrumental al final de la versión vocal. Esto permitió al productor extender la canción de tres minutos a, en ocasiones, más de once, lo que garantizaba que, si se producía un éxito, mantendría la pista de baile llena durante un buen rato.

En Studio One esto dio lugar a innumerables mezclas en formato 12" de algunos éxitos clásicos, así como de muchos que se consideraron aptos para extenderse debido a su popularidad.

Muchas de las canciones del Rare Reggae Grooves From Studio One se lanzaron originalmente a finales de los sesenta y se reeditaron en esta versión extendida diez años después (originalmente publicadas como Studio One Showcase Volume 2).

Todas las pistas fueron sobregrabadas a partir de sus dos pistas originales y luego remezcladas y publicadas. Este lanzamiento contiene dos temas poco comunes, "Going to Zion" y "Take a Little Love", así como el gran éxito del dancehall "Cuss Cuss".

Todos los temas del recopilatorio son inéditos en formato CD, y varias de ellas cuentan con la batería del legendario Leroy "Horsemouth" Wallace, miembro de The Studio One Band. Además, cuenta con la participación de The Soul Brothers, The Soul Vendors, The Sound Dimension y The Soul Defenders acompañando las interpretaciones de Ken Boothe, Lloyd Robinson, Peter Broggs, Winston Francis y The Gaydals.


06 enero 2021

Música y nación en Jamaica: Una lectura histórica y cultural - Parte 1


Jamaica canta su historia: 
la música como expresión cultural y resistencia


Desde sus primeros latidos, la historia de Jamaica ha estado marcada por el cruce de mundos, el conflicto de poderes y la lucha por la supervivencia cultural. En esa encrucijada histórica, la música no ha sido un simple acompañamiento de fondo, sino una forma central de expresión, una herramienta de resistencia, una vía para narrar la existencia misma. Desde los cantos espirituales de las comunidades esclavizadas hasta los ecos globales del reggae, la música en Jamaica ha sido la voz del pueblo, su memoria, su refugio, su arma.

La isla, como muchas del Caribe, nació al mundo moderno bajo el peso del colonialismo, la violencia y la esclavización de millones de africanos. Pero, paradójicamente, en medio del desarraigo y el dolor, germinó un proceso profundo de creación cultural. Las tradiciones musicales africanas no desaparecieron: se adaptaron, resistieron, dialogaron con otras influencias e hicieron nacer una nueva identidad sonora. Los ritmos tambores de los cultos religiosos, los patrones de llamada y respuesta, la centralidad del cuerpo y el trance se mantuvieron como códigos esenciales en medio del proceso de criollización. Así, mientras el sistema colonial imponía silencio y sumisión, los oprimidos hacían de la música una forma de sobrevivencia espiritual.

Con el paso del tiempo, esa energía expresiva fue dando forma a géneros propios, moldeados por el entorno rural, la lengua patois, la pobreza urbana, la sátira política y el ingenio popular. El mento, por ejemplo, surgido a principios del siglo XX, mezcló elementos africanos y europeos en una síntesis festiva y crítica, cuyos músicos relataban con picardía las tensiones sociales del país. No era sólo música para bailar; era también crónica social, comentario agudo, espejo del presente.

Más adelante, con el nacimiento del ska en los años cincuenta y su consolidación en los sesenta, la música jamaicana se convirtió en la banda sonora de un país en transición. La independencia de 1962 no solo trajo consigo una nueva bandera, sino un nuevo ritmo, enérgico y optimista, que expresaba la euforia de un pueblo que celebraba su emancipación política. Sin embargo, la música no se detuvo en el júbilo: también supo registrar los desencantos posteriores, las promesas incumplidas, la persistencia de la desigualdad. El rocksteady ralentizó el tempo e introdujo nuevas sensibilidades, mientras que el reggae, con su profundidad lírica y espiritual, se convirtió en el vehículo perfecto para hablar de justicia social, dignidad africana, identidad caribeña y fe rastafari.

Durante las décadas siguientes, Jamaica siguió cantando sus contradicciones. El dancehall, surgido en los ochenta, amplificó el grito urbano, explorando temas como la marginalidad, la violencia, el deseo y la autoafirmación. Fue también una reinvención sonora, con nuevos lenguajes digitales, nuevos públicos y nuevas formas de circulación. Aunque muchas veces criticado por su tono explícito o su aparente superficialidad, el dancehall ha sido, al igual que sus predecesores, un reflejo fiel de su tiempo, un testimonio musical de la vida en los barrios populares.

Hoy, hablar de la música jamaicana es hablar de un archivo cultural vivo, en constante movimiento. No sólo por la vitalidad de sus escenas locales, sino también por su expansión planetaria: soundsystems en África, bandas de reggae en Japón, ritmos dub en Europa, fusiones en América Latina. La música de Jamaica ha superado las fronteras geográficas para convertirse en lenguaje común de múltiples resistencias y búsquedas identitarias. Pero en su núcleo sigue latiendo lo mismo: una isla que canta su historia con la fuerza de quien sabe que su voz, aunque pequeña en tamaño, resuena con una potencia universal.